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En la madrugada del 21 de agosto de 1986, varias comunidades próximas al lago Nyos, situado en el noroeste de Camerún, se encontraron con una escena increíble: personas y animales fallecidos en calles, casas y laderas, sin indicios de explosiones, incendios o tormentas. El silencio prevalecía por completo.

Según el informe publicado por la BBC en su programa Witness, basado en relatos de testigos y científicos que estudiaron el caso, la tragedia causó la muerte de más de 1,700 personas y aproximadamente 3,500 cabezas de ganado. Durante varios días nadie comprendía lo ocurrido. En la región, algunos habitantes ya comentaban desde antes una leyenda: afirmaban que en las profundidades del lago residía un demonio que salía en las noches para cobrar vidas.

¿Qué sucedió esa noche en el lago Nyos?

Un sobreviviente narró posteriormente: “Alrededor de las 11 de la noche me desperté y no pude levantarme, estaba desorientado. No entendía lo que pasaba”. A la mañana siguiente, el escenario era desolador. El mismo testigo mencionó: “Vi personas tiradas en las calles, algunas ya sin vida”.

La tragedia no se limitó a una sola aldea. Los informes confirmaron fallecimientos en varias poblaciones cercanas al lago Nyos, ubicado próximo a la frontera con Nigeria. La magnitud del desastre fue tal que el gobierno solicitó ayuda internacional para investigar.

Lo más desconcertante era que las viviendas permanecían intactas. No había daños que justificaran una mortalidad masiva. Por ello, al principio circularon distintas conjeturas, desde una erupción hasta teorías de una explosión oculta. Ninguna pudo confirmarse con pruebas.

¿Qué hallaron los científicos al arribar a la zona?

Semanas después arribaron expertos de varios países. Entre ellos estuvo el médico británico Peter Baxter, quien recordó para la BBC una escena estática: “Todavía había cuerpos de personas y animales dispersos en las colinas”.

Al acercarse al lago, el equipo observó un paisaje igualmente extraño. El agua parecía calmada, pero había peces y plantas muertas en la superficie. Baxter relató que casi no había vida visible, salvo algunas ranas.

El profesor George Kling, de la Universidad de Michigan, también participó en la investigación. Su impresión fue clara: “Había silencio, pero todos los edificios seguían en pie y no parecía que hubiera ocurrido un huracán o una inundación”.

Los especialistas detectaron además que dentro del lago se había producido una perturbación importante. La evidencia indicaba que se generó una ola de aproximadamente 40 metros dentro del mismo cuerpo de agua. Esto sugería que el origen del desastre estaba precisamente en el lago.

¿Cómo descubrieron qué causó la muerte de más de 1,700 personas?

Los relatos de los sobrevivientes brindaron una pista fundamental. Algunos describieron un olor a huevo podrido o a pólvora. Inicialmente, esto hizo pensar en azufre, un gas vinculado con actividad volcánica. Pero cuando los científicos analizaron muestras de agua, gas y plantas, no encontraron azufre.

La explicación surgió al revisar estudios médicos antiguos. Kling explicó que concentraciones elevadas de dióxido de carbono pueden causar alteraciones sensoriales. Por eso, aunque varios supervivientes mencionaron esos olores, el culpable no era el azufre.

Se concluyó que el lago volcánico había liberado repentinamente una gran cantidad de dióxido de carbono (CO2) acumulado en el fondo durante años. Dado que este gas es más pesado que el aire, descendió por las pendientes y se extendió por los valles aledaños. Mientras la población dormía, el gas desplazó el oxígeno y provocó la muerte por asfixia.

¿Por qué el gas permanecía atrapado en el fondo del lago Nyos?