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¿Qué hace tan complicado dejar de comer papas fritas procesadas?

¿Qué hace tan complicado dejar de comer papas fritas procesadas?

No es raro abrir una bolsa de papas fritas y no poder parar de comerlas, y esto no es simplemente un problema de disciplina. Expertos coinciden en que este comportamiento está respaldado por fundamentos científicos ampliamente investigados. Estos alimentos están diseñados para activar intensamente las áreas de placer en el cerebro, gracias a una mezcla específica de grasas, sal y carbohidratos refinados.

Esto crea una experiencia sensorial que incentiva el consumo constante. El sonido crujiente, el aroma y la rápida disolución en la boca generan un impacto sensorial fuerte que dificulta resistirse. Desde la perspectiva científica alimentaria, se aclara que “no es cuestión de fuerza de voluntad, sino de una fórmula creada para promover el consumo más allá del hambre real”.

Un diseño orientado a activar el placer en el cerebro

El médico y comunicador español Manuel Viso afirma que este patrón de consumo tiene un propósito deliberado. Según él, las papas fritas procesadas están diseñadas para estimular intensamente las zonas cerebrales relacionadas con el placer. “No es culpa tuya. Están hechas para que te sea imposible parar”, asegura.

Este diseño no es fortuito. El característico crujido, el tono dorado y el aroma tostado están calculados para captar la atención desde el primer contacto. Cada detalle, desde el sonido al morder hasta la manera en que se deshacen en la boca, cumple un papel específico en la experiencia de consumo.

Grasa, sal y carbohidratos: la fórmula que engaña al cerebro

Las papas fritas producen una sensación placentera particular gracias a la mezcla exacta de grasas, sal y carbohidratos refinados. Esta combinación realza el sabor y activa la liberación de dopamina, un neurotransmisor fundamental en el sistema de recompensa cerebral, aumentando así la necesidad de seguir comiendo.

La rápida disolución en la boca también cumple un rol crucial: el cerebro subestima la cantidad de calorías consumidas. Una bolsa de 150 gramos puede tener hasta 800 kilocalorías, un valor parecido al de una comida completa, pero sin dar una señal clara de saciedad.

¿Por qué no generan sensación de plenitud?

A diferencia de los alimentos naturales, las papas fritas procesadas concentran muchas calorías en poco volumen y prácticamente carecen de fibra, proteínas y agua. Estos elementos son esenciales para que el organismo registre la sensación de saciedad. Por eso, aunque el estómago esté lleno, el cerebro sigue solicitando más.

Esta desconexión entre la ingesta y la saciedad facilita comer en exceso. Incluso cuando ya no hay necesidad física de alimentarse, la señal de satisfacción llega tarde, lo que favorece continuar comiendo sin percatarse.

El rol de los aditivos en el consumo excesivo

Además de la fórmula básica, las compañías suelen incorporar potenciadores del sabor. La doctora Thais Aliabadi señala que estas mezclas aumentan la palatabilidad más allá de lo que cada ingrediente lograría por separado. “En las papas fritas, también se suele agregar glutamato monosódico, uno de los potenciadores de sabor más fuertes, que intensifica el deseo de seguir comiendo”, comenta.

El glutamato monosódico intensifica la experiencia sensorial y refuerza la respuesta placentera del cerebro, haciendo difícil detenerse una vez que se comienza a comer.

Cómo reconocer los alimentos ultraprocesados

La Organización de Etiqueta Limpia Anti Aditivos señala que los alimentos ultraprocesados se identifican por contener colorantes, emulsionantes, aromas artificiales y azúcares añadidos. Además, suelen tener un alto contenido de grasas saturadas y sal, así como ausencia de fibra y vitaminas.

Estos componentes no solo alteran el sabor, sino que influyen directamente en el cerebro, promoviendo patrones de consumo repetitivo y difícil de controlar.

Consecuencias del consumo frecuente de papas fritas procesadas

Consumir regularmente alimentos ultraprocesados genera efectos que van más allá del placer inmediato. Cada vez que se consumen, se incrementa la liberación de dopamina, reforzando la conducta de repetir el consumo incluso sin tener hambre real.

La Organización Panamericana de la Salud advierte que la mezcla de grasa, sal y carbohidratos refinados modifica los hábitos alimenticios y eleva la probabilidad de desarrollar conductas de sobrealimentación y antojos constantes. Con el tiempo, el cerebro asocia estos productos con una recompensa rápida, lo que puede fomentar episodios de atracones y una leve adicción.